¿Quién es Fernando Alba Marín?
Mi historia empieza en Cuba, una bella isla en el medio del mar Caribe, con playas de postal, gente alegre… y una realidad política y económica bastante menos pintoresca. Cuba es una economía socialista, planificada y centralizada. No existe mercado de capitales, no hay bolsa de valores y, por supuesto, no hay cultura bursátil. Ningún plan de estudios universitario, de ninguna carrera, incluye temas relacionados con acciones, bonos o inversiones. Y tiene lógica dentro del sistema: ¿para qué enseñar mercados financieros si nadie tiene acceso a ellos? Así creces sin saber que ese mundo existe.
Durante muchos años, además, el acceso a la información estuvo estrictamente limitado. Hasta 2015, la población cubana no tenía acceso regular a internet. Antes de eso, lo más cercano a la red era algo llamado el Paquete Semanal: una recopilación informal de series, películas, programas y videos que se distribuía físicamente cada semana. Funcionaba como una especie de internet offline clandestino. No había interacción ni actualidad y, durante años, fue nuestra única conexión con lo que pasaba afuera, en el mundo exterior.
Mi primer contacto real con el contenido de internet fue así, como el de la mayoría de los cubanos de a pie. Por ahí conocí a youtubers como AuronPlay, JuegaGerman, Dross… y también, casi por accidente, a alguien que hablaba de algo completamente nuevo para mí: la bolsa y las inversiones. Fue viendo videos de El Arte de Invertir, de Alejandro Estebaranz, que entendí por primera vez qué era el mercado de valores. Recuerdo la emoción. Quería aprender sobre eso. Quería formar parte de ese mundo… algún día.
Obvio que intenté hacerlo. Y ahí me topé con el primer gran obstáculo: la mayoría de los brokers internacionales bloquean automáticamente la apertura de cuentas a ciudadanos cubanos debido a sanciones regulatorias. Plataformas como Interactive Brokers no permiten el registro ni aceptan la verificación de identidad.
Aun así, el tema me interesaba cada vez más. Quise profundizar y lo hice de manera autodidacta, porque no había otra. Leía, investigaba, aprendía lo que podía, mientras esperaba el día en que quizás tendría acceso real a ese mundo.
Pasó el tiempo y pasó, un águila por el mar…
Me gradué en 2019 y empecé a trabajar en una empresa estatal que me pagaba menos de 40 dólares al mes. ¡Al mes! Pues duré solo un mes jajaja. Renuncié. Estaba listo para emigrar a México, pero en eso llegó la pandemia y cerraron los aeropuertos. Me tocó vivirla entera en Cuba.
Paradójicamente, durante ese tiempo me fue muy bien. Junto a un amigo lancé un emprendimiento, una paladar, como les decimos en Cuba a las tiendas de abarrotes. Durante ese periodo yo me encargué de toda la administración: contabilidad, impuestos, compras, inventarios, negociaciones. Fue una etapa muy bonita y de mucho aprendizaje. Ser tu propio jefe, no rendirle cuentas a nadie, gestionar tu tiempo y tu dinero. Ahhh, qué tiempos aquellos. Éramos felices y no lo sabíamos.
Pero bueno, nada dura para siempre, no hay mal que dure 100 años ni idiota que lo soporte. La pandemia se terminó, pero la situación en Cuba empezó a deteriorarse rápidamente… y eso es lo único que ha hecho desde entonces, jajaja. Enseguida supe que mi tiempo había llegado. Vendí mi parte del negocio a mi socio y partí rumbo a México lindo y querido.
Entre pasajes, trámites y todos los gastos habidos y por haber, al poco tiempo de llegar ya no me quedaba ni un peso en el bolsillo. El dinero se iba agotando y yo no encontraba trabajo. Hubo un tiempo en que me sentía frustrado. Siendo un profesional, tener que trabajar en algo completamente distinto a lo que estudiaste duele. He visto médicos trabajando de meseros, ingenieros de bartenders, profesionales altamente capacitados reinventándose desde cero. Es una realidad que parte el alma. Emigrar implica tragarte el orgullo, adaptarte y empezar otra vez.
Después de tocar muchas puertas y recibir varios rechazos, una empresa me dio la oportunidad. Empecé como analista de presupuestos y al año fui promovido a jefe de costos y presupuestos. Ahí consolidé habilidades que hoy uso todos los días: análisis, modelación, decisiones basadas en datos reales.
Y, aun así, la espinita seguía clavada. Profesionalmente estaba avanzando, intelectualmente seguía incómodo.
En paralelo empecé a invertir de manera sistemática y a replantearme mi camino profesional. Leyendo El Inversor Inteligente de Benjamin Graham me encontré con el CFA Program. Me atrajo su enfoque, su rigor y su estándar ético. Decidí inscribirme al Nivel I mientras trabajaba en un sector ajeno a las inversiones, sin experiencia financiera formal ni contactos en la industria. Una locura total.
Estudiar el CFA Nivel I fue una prueba de disciplina: meses de estudio en inglés, cientos de horas, contenidos exigentes y cero garantías de que aquello abriera alguna puerta. Y ahí entendí algo importante: el CFA no es una llave mágica. No te regala oportunidades. Pero sí te obliga a pensar mejor, a estructurar riesgos, a entender el sistema financiero con profundidad y a respetar un marco ético claro. No me convirtió en inversor, pero me dio un marco para dejar de improvisar.
Todo lo que escribo aquí nace de ese recorrido. No de un camino ideal, sino de uno real, lleno de restricciones, ironía, datos y decisiones. Crecer sin acceso a mercados, aprender finanzas a destiempo, emigrar y empezar de cero me obligó a construir una relación distinta con el dinero. Completar apenas el primer nivel del CFA Program no fue un atajo, sino una forma de poner orden intelectual a una intuición clara: invertir bien no va de predecir el futuro, sino de entender riesgos, incentivos y sistemas. Hoy esa experiencia se transforma en contenido útil para quienes buscan independencia sin creer en promesas vacías.
Ese es el punto donde termina mi historia personal y empieza lo que hoy comparto aquí.
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Importante: Todo lo que publico es material educativo basado en mi experiencia personal como inversor. No ofrezco recomendaciones personalizadas ni asesoramiento profesional. Antes de tomar cualquier decisión financiera, evalúa tu situación particular y, si es necesario, consulta a un asesor autorizado. Invertir siempre implica riesgo, incluyendo la posible pérdida de capital. Para más detalles sobre el uso del sitio y el tratamiento de datos, puedes revisar la Política de privacidad.
Este es un vistazo sobre quién es Fernando Alba Marín, mi historia y mis principios. Este es un espacio para pensar en serio sobre las finanzas, con una pizca de ironía y mucha curiosidad. Quiero que cuando leas, sientas que alguien por fin te habla con sinceridad, sin ocultar la dificultad y sin venderte humo. Mi invitación es simple: sigue leyendo, suscríbete, cuestiona, comenta, y sobre todo, toma ya el control de tu educación financiera. Al final, el activo más valioso que tienes no es tu portafolio: es tu tiempo.
