Estaba rompiéndome la cabeza buscando nuevas fuentes de ingresos cuando me llamó la atención algo que, en realidad, no tiene nada de nuevo: la creación de contenido.
Esta es una industria consolidada y en constante evolución, así que pensé: ¿qué mejor manera de generar ingresos pasivos que monetizar lo que ya está en mi mente? Durante años de formación he acumulado un sinfín de conocimientos que están ahí, ociosos, acumulando polvo y telarañas mentales… ¡es hora de ponerlos a trabajar!, me dije.
Así que me puse manos a la obra con más entusiasmo que dirección (porque, sinceramente, no tenía ni la más remota idea de cómo funcionaba la creación de contenido, ni mucho menos lo inmenso y variado que era este mundo). Con la ayuda de la inteligencia artificial (IA) empecé a diseñar —y aún estoy en ello— toda la infraestructura digital necesaria para armar una estrategia clara, rentable y sostenible de contenidos.
Pero apenas había dado dos pasos en esa dirección cuando me di cuenta de algo inquietante: al usar constantemente la IA para mis propias búsquedas, prácticamente había dejado de navegar en la web como antes, cuando saltaba de página en página. Entonces pensé: si lanzo un blog sobre finanzas e inversiones, ¿cómo llegará el tráfico en el futuro si la mayoría de las preguntas que yo mismo tengo me las responde directamente una inteligencia artificial, sin necesidad de salir a buscar respuestas en otros sitios?
¿Lo mismo ocurrirá con el resto del mundo? ¿Significa eso que este modelo de negocio está en declive? No, no puede ser… ¿otra vez llegué tarde al juego?
Esta contradicción me dejó perplejo. Decidí profundizar en el fenómeno, investigar más allá de lo obvio, y así fue como nació la idea central de este artículo.
La cadena alimenticia de la inteligencia artificial
Veamos los hechos. No es teoría conspirativa, es lo que está ocurriendo ahora mismo: los modelos de inteligencia artificial se entrenaron con el contenido masivo creado por usuarios en internet, y ahora compiten con ese mismo contenido.
- Los creadores llenamos internet de contenido valioso y gratuito. Posts de blog, artículos, videos, foros, reseñas, guías, plantillas, respuestas en Q&A… Durante años hemos producido información en línea, sea por pasión, por construir reputación o por unos centavos de publicidad. Todo ese material quedó disponible públicamente.
- La inteligencia artificial usó todo eso como combustible. Modelos como GPT-3, GPT-4, Claude y otros fueron entrenados con enormes datasets públicos: por ejemplo, todo Wikipedia, millones de páginas web (Stack Overflow, foros, blogs en Medium y personales), libros digitalizados e incluso código fuente abierto de GitHub. Según una investigación de The New York Times, las grandes compañías de IA “han hecho lo que sea” por obtener datos para entrenar sus modelos, ignorando políticas y rozando la ilegalidad para cosechar contenidos sin pedir permiso ni pagar licencias. Un caso revelado recientemente: OpenAI desarrolló un modelo de transcripción de audio (Whisper) para convertir más de un millón de horas de videos de YouTube en texto y alimentar con ello a GPT-4, a sabiendas de que era legalmente cuestionable.
- Ahora la inteligencia artificial responde directamente al usuario, sin necesidad de visitar al autor original. Con la IA generativa integrada a buscadores y aplicaciones (Google con Search Generative Experience, Bing Chat, Perplexity.ai, ChatGPT con navegación, etc.), el usuario obtiene respuestas inmediatas en lenguaje natural sin hacer clic en ningún resultado externo. El contenido original queda invisibilizado detrás de la interfaz de la IA, y el creador se queda sin visita ni crédito. La inteligencia artificial, en efecto, devora a sus “padres”: aprendió de millones de artículos y ahora puede resumir o replicar ese conocimiento al público sin redirigirlo a las fuentes.
El colapso silencioso del tráfico web
Desde antes, los datos ya venían indicando un cambio drástico en cómo se consume la información en internet, y las últimas tendencias confirman la crisis del modelo basado en atraer tráfico a sitios web.
Ya en 2020 se alertaba sobre el crecimiento de las llamadas búsquedas de cero clic: consultas en Google que se resuelven sin necesidad de que el usuario entre a ningún sitio externo. Según Rand Fishkin —fundador de Moz y SparkToro, y una de las voces más lúcidas del SEO moderno— alrededor del 65% de las búsquedas en aquel año terminaban así, con respuestas ofrecidas directamente en el buscador (como snippets, paneles, mapas o definiciones).
En 2024, los datos confirmaron una transformación aún más preocupante: aunque el porcentaje de búsquedas sin clic bajó ligeramente al 58.5%, el tráfico hacia sitios web abiertos cayó a mínimos históricos. De cada 1000 búsquedas en EE.UU., solo 360 llevan al usuario a páginas que no son propiedad de Google. Es decir, buena parte de los clics que sí ocurren terminan redirigiendo al propio ecosistema de Google (YouTube, Maps, Ads, etc.), y no a creadores independientes.
En la siguiente gráfica se visualiza esta realidad: más de la mitad de las búsquedas se quedan sin clic alguno, y Google acapara la mayoría de los restantes.

En paralelo, los asistentes con inteligencia artificial han acelerado esta tendencia. ChatGPT alcanzó en 2024 unas 37.5 millones de consultas diarias, y Perplexity.ai superó los 2 millones de usuarios diarios en 2025. Estas herramientas entregan respuestas al instante, reduciendo el tráfico hacia los sitios fuente originales.
Las consecuencias económicas ya se sienten. BuzzFeed News cerró en 2023 y despidió al 15% de su personal. Su CEO, Jonah Peretti, admitió que plataformas como Google y Facebook ya no sostenían el modelo gratuito de periodismo digital.
Vice Media se declaró en bancarrota; Vox Media recortó el 7% de su plantilla; y quizás el caso más simbólico fue el de Gizmodo en Español, cuyo equipo completo fue despedido en 2023 y reemplazado por traducciones automáticas generadas por inteligencia artificial, según un reportaje de Business Insider. En la versión actual de Gizmodo, los artículos aparecen con la nota: “Este contenido ha sido traducido automáticamente del material original…”, sin intervención editorial humana. La caída de calidad fue evidente, y los lectores lo notaron.
En resumen, el viejo modelo de “atraer tráfico y monetizar con publicidad” está dejando de ser viable. Si la audiencia no llega a tu sitio, no hay anuncios, ni leads, ni suscripciones. Hoy, los creadores compiten contra Google por la atención de su propia audiencia.
El sistema ya estaba roto
Hay que decirlo con claridad: la inteligencia artificial no rompió internet; solo aceleró su colapso. El modelo de monetización basado en tráfico orgánico ya mostraba grietas estructurales mucho antes de que llegara ChatGPT.
Rand Fishkin anticipó que, en un mundo de clic cero, el tráfico sería una meta terrible. En un ensayo publicado en 2025, advirtió:
Internet está enviando menos tráfico. Punto. Es un hecho comprobable. Y aplica para todas las fuentes: Google, Facebook, LinkedIn, Reddit, YouTube, Instagram, herramientas de IA… Todas enviarán menos tráfico este año que el anterior.
¿La razón? Las plataformas ya no quieren enviarte tráfico. Quieren quedárselo. Google rediseñó su buscador para resolver consultas sin que salgas del ecosistema: snippets, definiciones, mapas, paneles informativos. Según un estudio anterior del propio Fishkin en 2024, casi el 30% de los clics se quedan dentro de propiedades de Google: YouTube, Maps, Flights, Images…
Y como ya vimos, más del 58% de las búsquedas ni siquiera generan clic alguno. Google dejó de ser tu aliado: ahora es tu competidor directo.
Fishkin lanza una advertencia aún más inquietante: “La gente ya no confía en los enlaces”. El usuario promedio prefiere consumir el contenido donde lo ve —LinkedIn, X, TikTok, incluso el propio Google— sin salir. Si le pides que haga clic, probablemente lo pierdas.
Así nace el concepto de zero-click content: publicar directamente donde está la audiencia, sin exigirle que venga a ti. Amanda Natividad, desde SparkToro, lo resume así: en un ecosistema de baja confianza, el clic se ha vuelto sospechoso. Lo importante ya no es atraer tráfico, sino captar atención inmediata.
En resumen: la web abierta ya estaba rota por diseño. Los algoritmos privilegian contenido interno. Las plataformas cierran sus muros. La audiencia se queda adentro. La inteligencia artificial solo vino a agravar la herida: ahora, además, tus propios contenidos entrenan modelos que responderán a otros… sin que jamás pasen por ti.
La ironía del presente
Detengámonos en la ironía brutal de todo esto: los modelos de inteligencia artificial se han entrenado gracias al contenido que millones de personas generamos y compartimos en internet, muchas veces sin saberlo, sin firmar nada y sin cobrar un centavo. Ahora, ese conocimiento —extraído sin permiso— se convirtió en el combustible de sistemas que amenazan con reemplazarnos.
Varias publicaciones digitales han comenzado a sustituir contenidos humanos por contenido generado con inteligencia artificial. En 2023 se reveló que CNET publicó artículos escritos con inteligencia artificial sin previo aviso. ¿Estamos entrando en una redacción de robots?

Nos expropiaron sin violencia: solo bastó que publicáramos. Blogs, foros, videos, artículos, líneas de código, diseños, reseñas, respuestas… todo fue absorbido. El precio fue cero. Y el resultado es que ahora tenemos que pagar por usar esa misma inteligencia artificial que se alimentó de nuestro trabajo.
Porque los dueños de estos modelos —grandes plataformas tecnológicas— no regalarán lo que construyeron. Lo monetizarán como servicio premium. Así, el mismo autor independiente cuyo blog sirvió como entrenamiento para GPT-4, hoy tiene que pagar una suscripción para usarlo. ¿Quién ganó? Las empresas que poseen los servidores, los modelos y los datos. ¿Quién perdió? Los creadores que generaron los insumos y ahora son prescindibles.
Es una paradoja perversa: nos necesitaron para aprender, pero una vez aprendido, nos relegan. Como si la serpiente hubiera devorado su propia cola… y luego escupido un producto final más eficiente que su fuente de origen.
¿Qué está en juego?
Si los creadores dejan de publicar porque ya “no vale la pena” —porque no hay retorno, ni audiencia, ni ecosistema que lo recompense—, el internet tal como lo conocemos podría morir en cámara lenta. Y no sería un cambio menor. Lo que está en juego va mucho más allá de visitas y monetización:
- Pérdida de diversidad de voces: La riqueza de internet está en su pluralidad. Blogs de nicho, foros de fanáticos, periodistas independientes, divulgadores espontáneos, expertos con perspectivas únicas… Si todo queda en manos de cinco plataformas que producen contenido automatizado, desaparecen los matices y nos quedamos con un coro de algoritmos sin alma.
- Estancamiento del conocimiento: La inteligencia artificial no inventa desde cero: remezcla lo que ya tiene. Si deja de haber contenido fresco, las respuestas serán cada vez más genéricas, repetidas y desactualizadas. La máquina se alimentará de sus propias sobras. La innovación necesita humanos creando, no solo máquinas sintetizando.
- Contenido plano y homogéneo: Ya lo estamos viendo. Muchas respuestas de ChatGPT o Bard suenan igual: correctas pero insípidas. Si sustituimos comunidades humanas por resúmenes sintéticos, perderemos el tono personal, el contexto, la anécdota, la mirada crítica. Se viene una Wikipedia infinita… pero sin pasión.
- Impacto en la educación y el pensamiento crítico: Internet fue, con todo y ruido, un terreno fértil para investigar, contrastar fuentes, encontrar discrepancias. Pero si la inteligencia artificial te da una única respuesta sin matices, sin debate, ¿qué espacio queda para el juicio propio? La mente se oxida si solo recibe respuestas cerradas.
- Bloqueo creativo: La creatividad digital —música casera, memes virales, software libre, innovación desde el garaje— nació de un ecosistema abierto. Si ya no hay incentivo para compartir, si nadie escucha, el motor de la cultura se apaga. La web podría dejar de ser un organismo vivo para convertirse en un museo polvoriento.
En esencia, lo que está en juego es el alma de la web. La web 2.0 se definió por usuarios creando. Esta nueva era podría definirse por usuarios consumiendo pasivamente lo que una máquina les entrega, construido con fragmentos del pasado. Y cuando ese petróleo intelectual se agote… ¿qué quedará? Tal vez una red más ordenada, más útil… pero sin vida. Como entrar a una biblioteca congelada en el tiempo donde hace años no se escribe ni una sola línea nueva.
Conclusión
Quizá llegué tarde al viejo juego de crear contenido en internet. O quizá llegué justo cuando las reglas estaban siendo reescritas. Vine con la intención de construir un blog —una voz propia en finanzas—, y me encontré con una contradicción brutal: las mismas herramientas que prometían potenciarme (inteligencia artificial, nuevos buscadores, automatización) también amenazan con volver irrelevante todo lo que haga antes siquiera de despegar.
Este artículo fue mi forma de procesar esa contradicción. Llegué solo a este análisis, aunque —como siempre— descubrí después que muchos ya estaban tocando la alarma. La inteligencia artificial vino a dinamitar los cimientos del trabajo intelectual tal como lo conocíamos. No es la primera vez que una tecnología sacude el tablero: los telares mecánicos enfurecieron a los luditas, y sin embargo, al final, esa revolución también creó riqueza y empleos nuevos. Lo mismo pasó con la electricidad, las computadoras y el internet. Siempre hubo pesimismo. Siempre hubo optimismo. Y casi siempre, la verdad quedó en algún punto intermedio.
Pero esta vez… ¿será igual? ¿O estamos ante algo que de verdad rompe el patrón? Algunos creen que sí, que esta vez es diferente: nunca antes habíamos creado algo que no solo automatiza tareas, sino que «simula pensar». Una inteligencia capaz de reemplazar no solo el músculo, sino la mente. ¿Y si esta vez no hay equilibrio entre lo que se destruye y lo que se crea? ¿Estaremos presenciando el ocaso del trabajo intelectual? Honestamente: no lo sé.
Lo que sí sé es que no podemos mirar a otro lado. Como sociedad, como creadores, como ciudadanos: tenemos que repensar qué valoramos, cómo nos adaptamos, qué habilidades desarrollamos y qué rol queremos jugar frente a estas nuevas inteligencias. El futuro puede ser un milagro o una tragedia silenciosa. O ambas. Solo viviéndolo lo sabremos.
Pero quizá la clave está en eso: en vivirlo con los ojos bien abiertos. No tragarnos sin filtro las comodidades que ofrece la inteligencia artificial. No resignarnos a ser reemplazados. Ser socios estratégicos, no víctimas pasivas. Todavía estamos a tiempo. El desenlace no está escrito. ¿Qué sigue ahora? Esa es la pregunta que cada uno de nosotros tendrá que responder con lo que elija hacer mañana.
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