Bitcoin: el ciclo eterno del entusiasmo y el olvido

Cada vez que Bitcoin (BTC) cae, alguien proclama su muerte. Y cada vez que vuelve a subir, alguien jura que esta vez es distinto. Desde su nacimiento tras la crisis del 2008, Bitcoin se mueve al compás de una melodía predecible: subidas explosivas, euforia colectiva, caídas devastadoras, silencio… y renacimiento. Un ciclo tan constante que parece escrito no en el código, sino en la psicología humana.

Recuerdo la primera vez que escuché sobre Bitcoin: costaba unos 8 mil dólares y aun así se me hizo caro. Me pregunté cómo algo virtual, que vive en Internet, podía tener ese valor. En aquel entonces casi nadie sabía para qué servía realmente y su uso era limitado. Desde entonces lo he visto pasar de chisme de foros y memes a tema serio en comités de inversión. Y ese salto, más que precio, revela algo más profundo: el valor que la gente cree que tiene. Ahí empieza la tensión de verdad.

Su origen fue un acto de rebeldía. El whitepaper de Satoshi Nakamoto proponía una alternativa al dinero estatal: sin bancos, sin gobiernos, sin permiso. Y terminó convertido en un activo financiero más, custodiado por las mismas instituciones de las que quiso escapar. Su tecnología sigue siendo sólida. Su narrativa, magnética. Pero su precio, no depende de su utilidad: depende de su historia. Cuando la historia emociona, el precio sube. Cuando la historia aburre, el precio cae. Así de simple. Así de humano.

¿De dónde viene el valor de Bitcoin?

No de sus flujos, porque no produce ninguno; ni de su respaldo, porque no lo tiene. La escasez —sus 21 millones de monedas— le da forma al relato, no sustancia. Algo puede ser rarísimo y no valer nada: el valor no nace de la escasez, sino de la persistencia del deseo de poseerlo. Bitcoin no se usa masivamente como medio de pago, por lo que su demanda no proviene de utilidad práctica, sino de una expectativa de revalorización futura. Su precio alimenta la industria del simulacro y se comporta como un termómetro del entusiasmo colectivo, más que como una medida de productividad o refugio estable.

En su ensayo An Exploration of Intrinsic Value (2013), Vitalik Buterin —cofundador de Ethereum— plantea una pregunta provocadora: ¿qué significa que algo tenga “valor intrínseco”? Según él, los bienes realmente intrínsecos son aquellos cuyo valor termina en una necesidad humana básica. Una silla tiene valor porque brinda comodidad; un vaso de agua, porque sacia la sed. Bitcoin, en cambio, no tiene un “punto final” en esa cadena de justificación: “Alice quiere un bitcoin porque puede dárselo a Bob, quien puede dárselo a Charlie, quien puede dárselo a Dave… y así ad infinitum”. Su valor, concluye Buterin, “no está bien fundado”: depende de que otros lo acepten mañana.

Y, sin embargo, el propio Buterin matiza: Bitcoin sí posee un tipo limitado de valor intrínseco derivado del capital invertido en su infraestructura —minería, seguridad, adopción— y de los usos alternativos de su red, como la certificación de documentos mediante su blockchain. En ese sentido, dice, “Bitcoin tiene tanto o más valor intrínseco relativo que el oro”, cuyo prestigio depende más de su historia y de su escasez percibida que de su utilidad real.

Esta lectura refuerza una idea central: el valor de Bitcoin no reside en su código, sino en su consenso; no en lo que hace, sino en lo que representa. El resultado es un fenómeno autorreferencial: el precio sube cuando la historia convence, y cae cuando el relato pierde brillo. Como señaló George Soros en The Alchemy of Finance (1987): “los mercados no reflejan la realidad; la crean”. Bitcoin, más que ningún otro activo, materializa esa observación.

El debate sobre Bitcoin oscila entre dos extremos ideológicos. Warren Buffett lo describió como “veneno para ratas al cuadrado”, denunciando su falta de valor intrínseco y su dependencia de la especulación. En contraste, Michael Saylor, CEO de MicroStrategy, lo define como “el activo más superior que la humanidad ha concebido”. Ambos tienen razón, en parte: Buffett observa el vacío de fundamentos; Saylor percibe la fuerza del consenso digital. Bitcoin no es una burbuja en el sentido tradicional, sino una máquina de transformar convicción en precio.

Da igual si baja hoy o mañana

La pregunta “¿va a bajar Bitcoin?” es casi irrelevante. Por supuesto que bajará. Siempre lo hace. Y luego subirá otra vez, arrastrando una nueva generación de creyentes. Bitcoin no se mide en dólares, sino en ciclos de entusiasmo. Lo que sube no es el valor intrínseco, sino la cantidad de personas dispuestas a creer que esta vez es diferente. No lo será. El patrón es tan repetible que ya forma parte de su identidad. No es manipulación: es biología. Los tiburones no engañan a los peces; simplemente nadan mejor.

Hoy, en 2025, Bitcoin está institucionalizado. BlackRock, Fidelity, JPMorgan: todos participan. Las ballenas ya no operan en foros anónimos, sino en los despachos de Wall Street. Y, aun así, el comportamiento no cambia: la adopción aumenta, pero el precio vacila. El mercado no está reaccionando con euforia a las “buenas noticias”; eso, en el lenguaje financiero, se llama fatiga. Es el preludio habitual de una corrección. No por castigo divino, sino por pura mecánica del exceso.

La historia reciente parece revelar ciertos patrones. El siguiente gráfico resume casi una década de comportamiento del precio: tres burbujas, tres colapsos y una misma línea de resistencia —lo que algunos analistas llaman The Line of Pain.

Evolución histórica del precio de Bitcoin (2017–2025)
Evolución histórica del precio de Bitcoin (2017–2025). Este gráfico solo sirve para ilustrar una idea: que el comportamiento del Bitcoin parece seguir ciclos repetitivos de euforia y corrección. Cualquier intento de anticipar lo que viene violaría la segunda hipótesis del mercado eficiente. En resumen, del pasado no se deduce el futuro: lo demás son coincidencias, ilusiones o puro entretenimiento financiero.

En cada ciclo, el activo alcanza un nuevo máximo —2017, 2021 y 2025— seguido de caídas superiores al 70 %. La línea ascendente, conocida en la comunidad como The Line of Pain, representa una resistencia psicológica y técnica que Bitcoin ha intentado romper tres veces sin éxito. Este fenómeno suele estar relacionado con los picos del ciclo de cuatro años de bitcoin, que generalmente tienen lugar en noviembre o diciembre. Si el patrón se repite, la próxima corrección podría oscilar entre -70 % y -80 %, similar a los colapsos anteriores, lo que situaría el precio teórico entre 25 000 y 30 000 USD.

En correspondencia con lo anterior, los registros de mercado entre 2013 y 2025 exhiben una estructura coherente:

El Ciclo de Bitcoin Explicado
  1. Fase de acumulación: bajo interés mediático, precios estables, concentración en grandes carteras.
  2. Fase de euforia: aparición de nuevos catalizadores narrativos —“halving”, “adopción institucional”, “ETF de BlackRock”— y flujo masivo de nuevos compradores.
  3. Fase de distribución: desplazamiento gradual de BTC desde las “ballenas” hacia el público minorista.
  4. Fase de corrección: caída prolongada del precio, acompañada de desafección y silencio.

Esa secuencia se repite de manera sorprendente. Sin entrar en jerga ni velas de colores, los datos on-chain y el comportamiento del precio apuntan a un mercado que ha cambiado de fase. El patrón clásico de Wyckoff —ese que los viejos analistas llaman “distribución”— parece casi calcado en los últimos meses y varias observaciones objetivas apoyan la hipótesis de un ciclo de fatiga:

  • Rendimientos decrecientes: los multiplicadores por ciclo se reducen: 2013 (+5 500 %), 2017 (+1 400 %), 2021 (+160 %), 2025 (+15 %).
  • Los datos on-chain de Glassnode (2025) indican que en los últimos meses los tenedores de largo plazo han vendido más de 4 mil millones de dólares en BTC, reduciendo exposición en zonas de máximo histórico, mientras el público sigue comprando.
  • Incluso tras eventos positivos —como la aprobación de ETFs o declaraciones favorables de grandes gestores como Larry Fink, CEO de BlackRock— el precio no reacciona al alza. En mercados maduros, esa desconexión entre narrativa y cotización se llama saturación.

En términos estadísticos, la amplitud del ciclo de crecimiento se acorta, y con ella la capacidad de sostener valoraciones extremas sin correcciones. Algunos analistas prevén que no será un derrumbe apocalíptico, sino una corrección natural dentro del ciclo de euforia y pausa. Un respiro antes de que el relato vuelva a inflarse con nuevos argumentos. Porque así funciona el guion de Bitcoin: primero la narrativa, luego el precio y finalmente la purga. Da igual si baja hoy o mañana; siempre vuelve a empezar.

Conclusión: La historia interminable

La predicción de una corrección no implica el fin de Bitcoin. La evidencia histórica muestra que cada caída ha sido seguida por una nueva expansión, sostenida por una renovación narrativa. La repetición del ciclo —caída, recuperación, euforia, caída— constituye su verdadera constante estructural. En este sentido, Bitcoin no es tanto un activo financiero como un ecosistema narrativo autoreplicante: muere simbólicamente solo para resucitar en una versión más sofisticada de sí mismo.

Bitcoin volverá a subir, lo hará con la precisión de las mareas. Habrá nuevos máximos, nuevas promesas, nuevos conversos y nuevos arrepentidos. Y cuando todo parezca seguro, volverá a caer. Esa es su maldición y su encanto: una burbuja que no explota, sino que respira. Sube, baja, se reinventa y repite. Quizás eso sea, al final, su valor más honesto: recordarnos que la codicia y la esperanza también cotizan en los mercados.

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¡Saludos! 👋

2 comentarios en “Bitcoin: el ciclo eterno del entusiasmo y el olvido”

  1. Excelente narración y resumen sobre lo que es y cómo funciona el Bitcoin. Enhorabuena por la gran facilidad para explicarnos y aclarar cada punto de este tema… 👍🏻

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